25 de febrero de 2015

Lo que se aprende

¿Mi vida hubiera sido muy diferente si mis menstruaciones no hubieran sido dolorosas?
A los dos años de menstruar comencé a sentir dolor. Mucho dolor. Tenía quince años cuando mis ovarios comenzaron a gritar. Era una sensación espantosa e imposible de describir. En ese entonces yo sentía que todo el sistema digestivo se me alteraba al punto de que que mi boca comenzaba a salivar y lo único que podía hacer era expulsar la saliva escupiéndola.
No consulté a ningún médico por mis dolencias menstruales. En mi mundo femenino la menstruación dolía. Era un mal generacional. Todas la pasábamos mal y tomábamos Ponstil Forte (que era una cosa fuertísima y que, en mi caso, no servía para mucho).
No fui al ginécologo hasta varios años más tarde. A los 18 años, ya siendo sexualmente activa, decidí que era un buen momento para hacerme una revisación. De paso, consulté por mis dolores menstruales. La médica de entonces me dijo que luego de tener hijos se me pasaría. Pero me mandó a que me hiciera una ecografía. En esa época las ecografías transvaginales no existían o no era comunes así que me hicieron una común (previo a tragarme un litro de agua). No encontraron nada. Quedamos en que durante esos días comería "liviano" y me mandó a hacer algo de ejercicio físico. Por ese entonces yo era una chica bastante sedentaria y acababa de anotarme en la carrera de Letras. Me la pasaba leyendo el día entero.
Los dolores siguieron pero a fines de los noventa apareció el maravilloso ibuprofeno. Era tomarse una pastillita de 400 mg y santo remedio. Se iba todo. El ibuprofeno y yo fuimos mejores amigos por muchos años, casi una década. Mis ciclos eran perfectos, venían cada 28 días. El primer día de la menstruación comenzaba un dolor sordo en mis ovarios que yo calmaba con una o dos pastillitas de 400 mg de ibuprofeno y se cortaba todo el problema. Iba a hacerme el pap y la colpo cada año. Y nadie nunca más me preguntó nada ni yo volví a preguntar.
Pero todo cambió cuando quise ser madre.
Acababa de cumplir 30 años. En ese momento tenía otra pareja, vivía una vida muy distinta  a la que vivo ahora. Pero quería tener un hijo. Así que luego de intentarlo por unos meses y dejar de tomar ibuprofeno (porque está contraindicado en los embarazos y más especialmente en las primeras semanas) los dolores de la menstruación volvieron y se hicieron insoportables. Así que fui al ginecólogo que anualmente me hacía los paps quien me mandó a hacerme URGENTE una ecografía transvaginal.
¿Resultado? Quiste endometrósico en ovario derecho, mioma subceroso y un pólipo dentro del útero.
Salí de ahí como si me hubieran pegado una trompada.
Ahora me acuerdo y me río de mi desazón. Tampoco era para tanto.
La palabra endometriosis comenzó a circular. ¿Entonces era endometriosis lo que dolía? Me explicaron la cura. Me pareció un horror. Laparoscopía e inducirme a una menopausia por seis meses.
"¿¿Meno qué?? ¡Menopausiate vos, pelotudo!", pensé en ese momento.
Decidí ir a un ginecólogo obstetra que me habían recomendado mucho y quien me mandó a hacerme nuevos análisis y nuevas ecografías. Los quistes eran pequeños, el mioma era pequeño, el pólipo era pequeño. Todo era pequeño. "¿Un miomita? ¿Un quistecito? Nada que impida que te embaraces...Y sabés que es lo mejor para la endometriosis? ¡Embarazarse!".
Me mandó a tomar ácido fólico, hacer ejercicio físico, hacer los deberes con mi entonces pareja y que tomara la pastillita de "nodarbol". "No le des bola a esto, nena, he visto mujeres que se embarazan con quistes, miomas, no te hagas drama, eso sí, no tomes ibuprofeno".
O sea, me mandó a coger. Y me sacó el ibuprofeno.
Y la menstruación se transformó en la monstruoación. Tengo el recuerdo de todo ese año vivir alterada por el dolor. Me daba miedo ese dolor. Era un dolor muy fuerte, invalidante. Un dolor horrible. E imposible de compartir socialmente. No era agradable sentir cada veinticinco días que alguien te pateaba los ovarios.
Lo más feo era que además me sentía completamente sola, apartada del mundo, sin lenguaje. El dolor invalida y te deja solo. Muy solo. 
Y entonces el shiatsu entró en mi vida.
Hay muchas formas de contar cómo llegó el shiatsu a mi vida pero una de las razones fue precisamente esta.
Querer ser mamá y dejar de sufrir un dolor físico espantoso cada vez que menstruaba.
Para quien no lo sepa, el shiatsu significa literalmente "presión con los dedos". Es una terapia japonesa que tiene su base en la medicina tradicional china. Mediante presiones con las manos, los codos, las rodillas, estiramientos y rotaciones de las articulaciones se estimulan los 12 meridianos del cuerpo. Es un arte maravilloso y muy efectivo. Claro que no es "científico" pero es un arte que bien practicado puede ayudar a muchísimas dolencias.
A mi me dejó de doler la menstruación.
Tomé sesiones de shiatsu pero también estudié la carrera y me recibí de terapeuta. Y una vez que comencé a trabajar jamás dejé de hacerlo. Hoy en día es mi medio de vida.
Durante el año que estaba estudiando shiatsu me separé. Fue una separación desastrosa y muy poco amable. Se resintió mi salud y mi menstruación se hizo lamentable. Menstruaba cada 14 días. Un horror. Una nueva ecografía transvaginal arrojó un nuevo dato: ahora además había un quiste en el ovario izquierdo. 
Pero aprendí y esa separación me hizo mejor persona. Entre otras cosas, luego de que pasó la crisis, me hizo una persona feliz.
Porque yo no era feliz. Pero no lo sabía en ese entonces, claro está.
Me encontré con mi pareja actual al poco tiempo de separarme. Fue hermoso y totalmente imprevisible. Enseguida supe de su esterilidad pero no me importó en lo más mínimo. Supimos que valía la pena emprender este camino porque queríamos juntos formar una familia.
A mis 35 años, de la mano de él, me sometí a la dichosa laparoscopía con un médico que nos recomendaron muy especialmente. Milagrosamente el quiste del ovario derecho no estaba. El pólipo que figuraba en las primeras ecografías tampoco. No había endometriosis perimetral. Sacó el quiste del ovario izquierdo y un mioma de 5 cm. Un "miomacho", dijo el doctor cuando me mostró la fotografía.
Y a partir de ahí... lo que ustedes ya conocen por este blog... yo que en mi vida había hecho una terapia con hormonas... comencé la aventura hormonal más increíble de mi vida.
Buscar un hijo por reproducción asistida.

3 comentarios:

  1. Puff vaya que has andado. QUé bueno que en el transcurso también hayas aprendido. POr mi parte, aprendo y reflexiono mucho leyéndote

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  2. Madre mía... vaya historial! La parte "buena" (o menos mala) es que somos infinitamente más sabias que cuando empezamos... gracias por compartirlo.
    Un beso enorme, y a por todas! :-)

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  3. A veces pienso que no le damos la importancia suficiente a lo que vivimos antes de empezar a buscar un hijo. Parece que la búsqueda empezó en ese momento, pero en realidad se trata de un camino mucho más largo. Y aunque nos haya hecho más fuertes y más sabias, aunque gracias a ese camino estemos donde estamos, es un peso añadido. De lamentaciones, de tiempo que nos parece perdido, de "Si hubiera sido de otra manera...". Creo que a veces no se comprende lo hartas que estamos, lo cansadas, porque se piensa que llevamos uno, dos o tres años en la búsqueda. Pero nuestro camino real ha sido mucho más largo.

    Todo esto para decirte que me ha encantado tu entrada, que me alegra saber de dónde viene tu historia, y que si viviera al otro lado del Atlántico sin duda iría a tu consulta :D

    ¡Un abrazo!

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